Leo Blanken, Ian Rice y Craig Whiteside, original en inglés en War o the Rocks
Traducción de este interesante artículo, pero sin los hiperenlaces del original. Sí que incluyo los materiales descargables que pueden ayudar a comprender algunos aspectos o conceptos claves (en negrita en la traducción) y enlaces bibliográficos o de artículos pertinentes.
La conmoción por el ataque de Hamás del 7 de octubre sigue resonando en todo el mundo, entre temores de que sea el catalizador de una guerra regional más amplia. Muchos observadores lo comparan con la guerra del Yom Kippur de 1973, argumentando que Israel repitió muchos de los mismos errores al no anticiparse al ataque. Pero esto fue más que un fallo de inteligencia. Fue un fallo de imaginación [ver archivo adjunto al final de este párrafo]. Israel se sintió cómodo gestionando su relación con Hamás en Gaza, manteniendo los ataques con cohetes y los atentados suicidas a un nivel relativamente bajo durante casi una década. Además, como vimos en una publicación el mes pasado, los altos funcionarios de seguridad de Israel están obsesionados con la amenaza no estatal que supone Hezbollah al norte y preocupados por los disturbios en la Cisjordania ocupada. Había pocas expectativas de que Hamás pudiera lanzar algo que las fuerzas israelíes no pudieran manejar con su entonces limitada postura de seguridad cerca de Gaza.
Lo que Israel pasó por alto fue la creciente democratización de la tecnología, que está proporcionando rápidamente nuevas y peligrosas capacidades a los actores no estatales. Stephen Biddle, en su libro Nonstate Warfare, sostiene que esto está permitiendo a los actores no estatales violentos conseguir capacidades militares que antes estaban reservadas a los Estados. Cuando se integran cuidadosamente en campañas híbridas militar-terroristas, estas capacidades pueden desafiar a los Estados que insisten en mantener percepciones erróneas y anticuadas de sus enemigos. Nuestra investigación concluye que los actores no estatales están desarrollando cada vez más capacidades de operaciones especiales, las cuales están creando efectos estratégicos y políticos más allá de su uso táctico.
(Sub)estimación de actores como Hamás
El ataque sorpresa de Hamás tuvo dos dimensiones. La primera fue la «sorpresa estratégica». Esto se refiere a un adversario que consigue efectos estratégicos atacando a un enemigo conocido utilizando métodos conocidos pero pillándole desprevenido «en un momento o lugar inesperado». Por ejemplo, el ataque a Pearl Harbor logró la sorpresa estratégica a pesar de que se preveía como amenaza potencial la posibilidad de que Japón utilizara aviones con base en portaaviones. La segunda dimensión del ataque de Hamás fue la «sorpresa doctrinal» [ver Avoiding Coping with Surprise in Great Power Conflicts para estos dos conceptos de sorpresa]. Esto se refiere a un actor que emplea «tecnologías y capacidades conocidas de forma inesperada para producir nuevos y poderosos efectos». Hamás lo consiguió combinando muchos elementos de lo que el ejército estadounidense denomina una operación militar multidominio, [ver Delivering the Army of 2023 de Gen. James Rainey and Lt. Gen. Laura Potter] y lo hizo con un nivel de precisión, coordinación y planificación que sorprendió a los observadores.¿Cómo es posible que Israel y otros países pasaran por alto los exhaustivos preparativos necesarios para planificar y ejecutar un ataque de este tipo? La lógica esencial de la generación de fuerza militar se basa en la acumulación de capital físico y humano. Los Estados-nación han realizado esta tarea extraordinariamente bien durante los últimos 1.000 años, y algunos consideran que este esfuerzo es la actividad que define a los Estados.
En cambio, se cree que otras entidades, como las empresas multinacionales, los movimientos sociales y los grupos extremistas, se enfrentan a barreras sistemáticas [ver archivo adjunto al final de este párrafo] -legales, normativas, fiscales, organizativas y humanas- que les impiden generar y mantener esa fuerza militar. Sin embargo, a pesar de la ventaja inherente de la que gozan los Estados-nación, éstos son a su vez intrínsecamente vulnerables a dicha fuerza. Con una huella geográfica, una población, unas infraestructuras y una base económica fijas, las naciones son susceptibles de ser atacadas de una forma que los actores no estatales no suelen serlo.
Los actores no estatales utilizan el terrorismo para aprovechar las vulnerabilidades de los Estados y lograr efectos políticos y psicológicos mediante la aplicación de una violencia intencionada sin la maquinaria y los recursos asociados al poder militar convencional. Por eso preocupa tanto a los observadores que los grupos terroristas adquieran tecnología «mágica», como armas nucleares y efectos cibernéticos estratégicos [ver archivos adjuntos al final del post], o reutilicen tecnología fácilmente disponible, como estrellar aviones comerciales contra rascacielos, para aumentar sus actos de terror.
Lo que se entiende menos es cómo los grupos no estatales intentan superar el reto de generar poder militar mediante el aprovechamiento de técnicas establecidas, como el adiestramiento militar básico y la planificación detallada, junto con tecnología fácil de adquirir como AK-47 y motocicletas. Esto puede permitir a un grupo no estatal generar una aproximación de poder militar para lograr efectos estratégicos, aunque no puedan mantenerlo durante largos periodos de tiempo. Si ese poder militar aproximado se aplica en el momento y lugar adecuados, puede tener un impacto desmesurado. Como uno de nosotros escribió en estas páginas hace cinco años, «una mejora marginal de la destreza táctica de los grupos no estatales violentos puede conducir a resultados que tengan implicaciones estratégicas». De hecho, Israel ha subestimado la capacidad de los actores no estatales más recientemente. A pesar de sus afirmaciones de haber humillado a Hezbollah en la guerra de 2006, incluso partidarios como el ex presidente George W. Bush escribieron en sus memorias que Israel había rendido por debajo de sus posibilidades en el conflicto contra un actor no estatal capaz.
Hay varias razones posibles para la subestimación de Hamás por parte de Israel. La primera razón es que los actores no estatales tienen una ventaja inherente a la hora de ocultar sus decisiones en materia de inversiones, doctrina y estructura de fuerzas. La segunda tiene que ver con la tendencia generalizada en los últimos años de los profesionales de la seguridad en Occidente a centrarse en la tecnología punta descuidando las bases «mundanas» (pero no por ello menos importantes) de la generación de fuerza. La última razón es un prejuicio aparentemente ineludible al considerar a actores como Hamás o el Estado Islámico que confunde las ideologías y acciones perversas de estos grupos con su competencia. Esta infravaloración ofrece mayores opciones políticas a los dirigentes políticos y militares de un actor no estatal como Hamás.
La elección de operaciones especiales no estatales
Es demasiado pronto para saber con certeza por qué Hamás dio un importante giro estratégico al preparar y lanzar los atentados del 7 de octubre. Lo que sí sabemos a partir de nuestra investigación es que el tipo de actor no estatal es importante; grupos militantes como Hamás, Hezbollah y el Estado Islámico (en su apogeo) [ver ISIS FILES] gobiernan poblaciones significativas, lo que les permite generar los recursos necesarios para desarrollar diversas capacidades militares. Y cuando los planificadores estratégicos buscan cambiar la dinámica de un conflicto, a menudo recurren a las operaciones especiales.La operación sorpresa de Hamás se sirvió de miles de militantes infiltrados en Israel por múltiples medios. Integró tecnología para romper obstáculos y suprimir posiciones de vigilancia y trató de maximizar la muerte y la destrucción para conseguir un efecto político en lo que se entiende mejor como una versión no estatal de un asalto. Esto encaja en nuestro marco para una operación especial no estatal. Por operaciones especiales nos referimos a los enfrentamientos tácticos individuales y, en este caso, colectivos que generaron efectos mayores que los propios enfrentamientos. En general, las operaciones especiales son acciones de pequeñas unidades que generan efectos que apoyan directamente los resultados de la campaña y a menudo se asocian con un entrenamiento, equipamiento y tácticas a medida que permiten a las pequeñas unidades lograr resultados desmesurados.
Un ejemplo clásico es el asalto alemán desde un planeador a la fortaleza de hormigón de Ében Émael, en Bélgica, al comienzo de la invasión de Francia en 1940. Un destacamento de ingenieros de asalto de 80 hombres consiguió derribar la vital fortaleza belga, capaz de hacer llover fuego sobre las columnas alemanas que se aproximaban. El asalto permitió a los alemanes avanzar rápidamente a través de los Países Bajos y luego de Bélgica para entrar en Francia desde el norte, pero lo más importante es que el éxito de este asalto hizo realidad la idea preconcebida de los Aliados de que la invasión seguía efectivamente el mismo camino que en 1914. Todo el esfuerzo fue una finta para permitir que el verdadero esfuerzo principal de la fuerza de invasión atravesara las Ardenas, escasamente defendidas. Al final, se utilizó un asalto audaz e innovador para iniciar una campaña de mayor envergadura.Al igual que los actores estatales pueden idear campañas para conseguir sus fines, otras entidades pueden concebir y ejecutar acciones tácticas de este tipo aunque no dispongan de la misma capacidad ni de las mismas instituciones. La campaña de al-Aqsa ha dominado el debate sobre los estudios de seguridad colectiva en las últimas semanas. Lo que no se está abordando son las similitudes estructurales con la forma en que los Estados organizan, equipan, entrenan y emplean pequeñas unidades para conseguir efectos descomunales, o lo que Colin Gray denomina la utilidad estratégica de las operaciones especiales. La creación a medida de una pequeña unidad para lograr resultados específicos puede ofrecer dos oportunidades principales a un actor. La primera es la economía de fuerzas. La colocación del elemento específico en el momento y lugar adecuados puede generar efectos que organizaciones más grandes no pueden conseguir. Con un número relativamente pequeño de combatientes, Hamás ha logrado hábilmente una economía de fuerza y ha conseguido captar la atención mundial mediante el empleo de un nuevo conjunto de tácticas contra su adversario inmediato, el Goliat.
En segundo lugar, el empleo de elementos para lograr efectos desmesurados puede ayudar a los responsables de la toma de decisiones a reimaginar la posibilidad de un resultado mediante el empleo de medios innovadores. El lema del Mando de Guerra Especial del Ejército de Tierra de la República de Corea «Hacer posible lo imposible» se refiere directamente a este punto de ampliar las opciones. Hamás cogió claramente desprevenido a Israel. El grupo poseía la imaginación para desarrollar un plan y la capacidad táctica para llevarlo a cabo, ya que la campaña de al-Aqsa se desviaba del estilo típico de ataques del grupo. Mientras que los atentados con bomba y los secuestros a pequeña escala han sido el ritmo de la violencia del grupo, esta campaña demostró su voluntad y habilidad para operar en campo abierto por encima del denominado horizonte militar, la línea conceptual en la que los actores operan en formaciones militares visibles.
Las operaciones especiales también pueden proporcionar opciones adicionales para influir en la voluntad y la percepción de los actores tanto amigos como enemigos. Estas operaciones pueden demostrar perspicacia y astucia, estar diseñadas para avergonzar al enemigo o reforzar la moral de los partidarios. Podría decirse que el ejemplo más famoso que cumple todos estos objetivos de influencia fue la incursión Doolittle contra Japón en 1942, que incluyó una campaña mediática premeditada para acompañar los resultados. Del mismo modo, los partidarios de Hamás parecen menos preocupados por cómo se llevaron a cabo los ataques contra inocentes y más interesados en la capacidad de Hamás para llevar a cabo con éxito un ataque sorpresa contra un Israel dormido y el énfasis en los enfoques aire-tierra-mar para iniciar el asalto. La mejor prueba disponible de este efecto son las concentraciones internacionales en apoyo de Hamás y el retorno de la atención a la difícil situación palestina al discurso regional.
Conclusión
Israel no es el único Estado sorprendido por operaciones especiales violentas no estatales. La incursión de Karbala en 2007, por ejemplo, ejecutada por milicianos de Asaib al-Haq disfrazados de fuerzas especiales estadounidenses, consiguió tomar rehenes en una base militar estadounidense en Irak. A medida que proliferan estos ejemplos, resulta cada vez más evidente que el monopolio de los Estados sobre las operaciones especiales ha llegado a su fin. La creciente proliferación de tecnologías militares, unida a la constante subestimación de los grupos militantes, está permitiendo a los actores no estatales enfrentarse a los Estados y demostrar su poder para hacer daño. [ver Coercion Theory: A Basic Introduction for Practitioners].